Por Álvaro Delgado Truyols

El destino nos ha puesto a todos una dura prueba con la plaga del coronavirus. La lenta reacción de nuestras autoridades, aun viendo lo que estaba pasando en un país tan cercano -en todos los sentidos- como Italia, resulta de difícil justificación. Aunque deviene explicable siendo conscientes de que -ingenua e irresponsablemente- hemos puesto casi todas nuestras instituciones al mando de propagandistas y técnicos en comunicación política, y no de personas expertas, gestores acreditados o profesionales competentes. La exaltación y la tolerancia absolutas con las manifestaciones del 8-M -que podrían haberse aplazado a mejor fecha como los partidos de fútbol, las Fallas de Valencia o la Feria de Sevilla- en las cuales resultaron contagiadas varias ministras y cónyuges de gobernantes, revelan la dimensión de la imprudencia e irresponsabilidad de quienes hoy nos dirigen.

Estamos gobernados por tipos que huyen de asumir el coste político de tomar decisiones duras e importantes para la vida de la gente. Y eso se debe a que no les importa el pulso de nuestras calles, las situaciones que habitan más allá de su edulcorado mensaje buenista, la crudeza de la vida cotidiana fuera de Twitter y del plasma. A que se han formado para exprimir a su favor los medios y las redes sociales con el fin de ganar elecciones. A que sólo son maestros en el manejo de relatos destinados al mundo virtual. Pero cuando no importan los likes y los tuits, cuando se apagan los focos y se silencia la fanfarria, cuando en la partida de la vida pintan bastos de verdad, descubrimos que son espectros, tipos de mentira, maniquís que gesticulan y se desinflan, bustos parlantes que exhiben gesto descompuesto porque carecen de los arrestos y del liderazgo que los seres humanos demandamos para gestionar una tragedia real.

Hemos contemplado reacciones torpes y otras miserables. Como la de la independentista catalana Clara Ponsatí riéndose de las víctimas madrileñas del virus y tuiteando “de Madrid al cielo”, o defendiendo que el virus que atacaba en Cataluña era “muy diferente” al del resto de España. Hasta que la pandemia, que no tiene amigos, ha contagiado a Quim Torra, quien debe sentirse agobiado por caer enfermo igualito que el resto de los españoles. O la de Pablo Iglesias, que abandona irresponsablemente la cuarentena impuesta por la enfermedad de su pareja para hacer política sin cesar, intentando colocar al frente de la crisis a peones de Podemos, pedir nacionalizaciones de empresas a mansalva, vender su agenda social o descabalgar al Rey de España alentando caceroladas mientras la gente se muere a espuertas.

Pero hoy no toca hablar más de toda esa tropa. De esos próceres de la patria que se pelearon ocho horas en un Consejo de Ministros -intentando ganar cuota de poder en los órganos gestores de la tragedia- mientras la gente agonizaba por centenas y las urgencias se colapsaban en la capital. Sobre ellos está ya casi todo escrito. Con alguna brillante excepción, como Isabel Díaz Ayuso o Martínez-Almeida, gobernantes madrileños que han liderado de forma tranquila, pionera y corajuda la actuación de sus Administraciones, hasta caer contagiada la primera debido a su imparable actividad. Salvo en casos aislados, como el de ellos mismos o -en Mallorca- el de Rafael Fernández, Alcalde de Capdepera, que ha gestionado por su cuenta en Madrid el arreglo de sus paseos marítimos ante los incumplimientos de Sánchez y Armengol, así le lucirá el pelo al pueblo español por haber entregado el poder a una cuadrilla de demagogos e incompetentes. Como el asesor científico del Gobierno Fernando Simón que nos auguraba un nivel insignificante de contagios en España y animaba a su hijo a ir a las manifestaciones del 8-M. Los papelones que hacen algunos por medrar. La historia les colocará a todos en el lugar que les corresponde, y ya habrá tiempo de exigir responsabilidades.

Hoy toca rendir homenaje a otro tipo de gente. A muchos integrantes del pueblo llano. A la cantidad de héroes anónimos, de líderes inesperados, de genios cotidianos que el pueblo español es capaz de generar de forma espontánea cuando más apretado se siente por los peores avatares de la vida. Y que todos vamos descubriendo día a día en la calle, en nuestros trabajos, en los hospitales, en los comercios que ávidamente visitamos para abastecernos, en nuestras comunidades de propietarios, en nuestros teléfonos móviles. Como por ejemplo, y dejando de lado -por heroico- el trabajo de nuestros excelentes profesionales de la salud, esos taxistas que cobran a un euro la carrera a todos los ciudadanos, esos vecinos que se ofrecen para hacer la compra a los ancianos de sus edificios, esos sufridos transportistas que nos acercan a diario todo lo que precisamos, esos tenderos que nos surten de prensa, pan y alimentos con la mejor de sus caras, esos policías que se arriesgan al contagio velando por nuestra salud y seguridad, esos profesionales de las entidades financieras que procuran que la gente no quede al pairo económico en estos duros momentos, esos trabajadores que lideran a sus compañeros en la organización de turnos de trabajo protegiendo a los más vulnerables o necesitados.

Qué decir también de todos los que nos arrancan sonrisas con su ingenio impagable. De esos ciudadanos -mayores y pequeños- que aplauden a nuestros sanitarios a horas concertadas del día o de la noche, de quienes montan un bingo o una sesión de DJ desde sus balcones para entretener al patio de su vecindad, de los que comparten un perro en comunidad para que sea paseado por quien soporte mal el duro encierro, de quienes generan infinidad de memes geniales, hilarantes, en momentos de aburrimiento o preocupación. De esos conciudadanos que se ríen hasta de su madre para sacar algo bueno de lo peor. España está demostrando, día tras día, que es infinitamente superior a la mayoría de sus gobernantes. Y lo mejor de nuestro pueblo, pese a quien le pese, está aún por explotar. Gracias a todos, españoles. De ésta vamos a salir.

Este artículo se publicó originalmente en El Mundo de Baleares