Por Gabriel Le Senne

En el momento de escribir estas líneas las noticias se suceden a toda velocidad. Italia entera se aísla. Madrid decreta el cierre de todos los centros educativos. La situación es muy complicada en Vitoria y Haro. La ONU alerta del terremoto económico provocado por el coronavirus mientras las bolsas se desploman.

Por lo que he podido concluir, estamos ante un virus muy contagioso y bastante más fuerte que una gripe. Suele comenzar por un dolor de garganta, para trasladarse a los pulmones causando en ocasiones una neumonía y sensación de ahogo, momento en que los pacientes más graves precisan de ventilación mecánica durante días.

El problema es principalmente logístico, pues ante una avalancha de casos simultáneos no existen camas ni ventiladores suficientes, y entonces hay que decidir a quién atender. Y a quién no… Por eso los chinos se pusieron a construir hospitales. Además es preciso garantizar a los sanitarios las medidas de protección adecuadas, pues también hay carestía de personal y su contagio agrava la situación.

Ante este panorama da la impresión de que convendría evitar toda actividad prescindible. Mientras sea posible, debe mantenerse la actividad económica, pues de lo contrario el remedio podría ser peor que la enfermedad. Una paralización total de la economía provocaría hambre e incluso más muertes, aunque sean más difíciles de contabilizar y se produzcan a más largo plazo. Pero la educación puede suspenderse, como se ha empezado a hacer, así como el ocio, y, por supuesto, el turismo. Ahora bien, no me quedan muy claras las medidas tomadas, por parciales. La descentralización autonómica parece no ayudar en situaciones como ésta. Por ejemplo, el cierre de las universidades madrileñas probablemente implique desperdigar por España a estudiantes de otras provincias, algunos posiblemente infectados. Vistos los precedentes de Italia, China o Corea del Sur, parece que lo único realmente efectivo es el aislamiento de toda la población. Igual vale más hacerlo bien unas semanas que andar poniendo parches indefinidamente. Aunque también quizás la llegada del calor nos ayude. Esperemos que los responsables acierten, porque hasta ahora dan la impresión de ir rezagados.

En Baleares, donde dependemos absolutamente del turismo, la economía va a resentirse seriamente. Nuestros gobernantes ya habían comenzado a atacar al sector. En este sentido, podemos pensar irónicamente que son mentes preclaras, avanzadas a su tiempo. ¿Cuántos contagios no habrán impedido el desmontaje de terrazas, la peatonalización apresurada de plazas, la ecotasa, en fin, la suciedad y los grafitis de Palma? Ahora veremos qué pasa cuando Ciutat es sólo para quienes la habitamos.

Bromas aparte, mucho me temo que se nos avecine la madre de todas las crisis. Lo malo es que aún no nos hemos recuperado de la anterior. España sigue endeudada hasta las cejas, por encima del 95% del PIB, Baleares igual, y nuestros gobiernos aún pretendían apurar incrementando el gasto todo lo posible. Porque ni nuestros gobernantes ni la mayoría de nuestros ciudadanos, que los votan, han entendido que no es prudente ir siempre al límite.

Además, el Banco Central Europeo sigue con los tipos de interés al 0% e incluso negativos, cobrando a los bancos por el dinero que le depositan. Porque se ha preferido mantener con respiración asistida -ojo a la metáfora- a la economía y tratar de reinflar la burbuja, que asumir que todo el sistema financiero se ha construido sobre una especie de estafa piramidal de la que se aprovechan algunos: el dinero fiduciario. Así que diríamos que nuestra economía está en el grupo de riesgo, por patologías previas.

Esta crisis puede causar quiebras en cadena, comenzando por el sector turístico, que ya está experimentando las cancelaciones y la falta de reservas, y continuando por el sector público, que afrontará caídas notables de la recaudación e incremento de gastos. Por tanto, más déficit, y más deuda, en un momento de nervios en los mercados. Aunque los bancos centrales seguramente aportarán la financiación necesaria, eso incrementará el riesgo de efectos secundarios indeseados.

Y todo esto, con unos gobiernos no caracterizados precisamente por su capacidad de gestión, que anteayer aún estaban manifestándose irresponsablemente con sus lemas anticapitalistas. Bueno, ahora veremos también qué pasa cuando el capitalismo se atasca.

Mucho ánimo y conserven la calma, que todo pasa y total de algo hay que morir, aunque algunos quizás lo hayan olvidado. Tal vez esto nos ayude a valorar lo qué dábamos por garantizado, desde los lujos prescindibles a lo más indispensable: viajar, salir a la calle, la asistencia sanitaria, respirar… Todo hay que valorarlo y agradecerlo, cada día. Y quejarse menos por tonterías.

Este artículo se publicó originalmente en Mallorcadiario.com