Por Álvaro Delgado Truyols

Hace casi 20 años que tengo mi oficina instalada en la calle Unió de Palma, justo en plena zona comercial de la ciudad. Desde el pasado día 9 de diciembre, junto con la Plaça des Mercat y los accesos a La Rambla, la zona ha quedado cerrada -por decisión unilateral del Ayuntamiento- al tráfico de vehículos privados, habiéndose también eliminado todos los aparcamientos en superficie. Una medida adoptada sorpresivamente, sin un estudio previo de sus consecuencias, sin consultar a nadie de la vecindad (no fuera que se repitiera el fiasco del referéndum de las terrazas), justo al comenzar la campaña de Navidad de todos los comercios. Muy al estilo de estos gobernantes del “pueblo” que nos deleitan continuamente con sus originalidades al frente de las instituciones públicas en los últimos tiempos. El triste resultado inmediato: un 40% menos de facturación en bares, restaurantes, comercios y otros negocios, calles desiertas, la plaza con parecido ambiente al de un cementerio nuclear. Absoluta sensación de tristeza, ni un alma paseando por la zona, ni siquiera los sábados soleados por la mañana. Un panorama desolador.

La gente, en general siempre bien intencionada, pensó al principio que tal vez tenían un plan. Algún tipo de reconversión brillante del barrio para hacerlo aún más agradable. Quizá alguna mejora espectacular, acorde con esa propaganda idílica a la que tan aficionados son los actuales gobernantes. La creación mágica de algún bulevar, o de una zona peatonal arbolada y atractiva para los vecinos y los paseantes. Algo. Pero todo hace indicar que no. Que cierran el acceso al tráfico privado y punto. Tras una entrevista de los preocupados vecinos con los responsables municipales, se ha visto que -por lo menos en dos años- no piensan hacer nada más. O sea, que han cerrado el acceso por las bravas. En un arrebato de iluminación progre-eco-buenista pero sin ningún fundamento serio.

“Lo llevábamos en el programa electoral”, ha sido el profundo argumento esgrimido por el representante de un partido -al que le votaron menos de un 4% de los ciudadanos de Palma- y que parece ser el responsable de la decisión. La consecuencia de esta política de pactos a la contra que caracteriza a muchos partidos pequeños para conseguir colonizar entre ellos todas las Administraciones posibles, con reparto de áreas de gobierno sin ninguna coordinación y como reinos de taifas. Y añadió, además, que “todo se va a quedar así”. Parece preparado para la próxima feria de la cabra autóctona mallorquina, o para una exposición de tractores con sus arados trasladada al centro histórico de Palma desde algún remoto polígono de la Mallorca rural, tal como les gusta hacer con todo tipo de saraos. Espacio libre tienen de sobra. Ya sólo falta un poco de paja en el suelo e instalar cuatro barracas con troncos de pino.

Para cualquier ciudadano responsable resulta evidente que hay que mejorar la vida de nuestras ciudades, que hay que luchar contra la contaminación, que hay que fomentar un futuro más sostenible. En eso todos estamos seguramente de acuerdo. Pero toda intervención en un complejo entramado urbano requiere estudio, planificación, consenso, equilibrio y, sobre todo, ausencia de precipitación e improvisación. Justo todo lo contrario de lo que nuestros gobernantes actuales demuestran saber hacer. Sacar los vehículos de la calle Unió y tener colapsados -a todas horas- la vía de cintura o los diferentes accesos a Palma, situados a un escaso par de kilómetros de distancia, en nada mejora la polución o el aire de la ciudad. Ni nos hace realmente más verdes, más modernos o más sostenibles. Usando una lógica elemental, si eliminas la principal forma de acceso de los ciudadanos a la almendra central de su ciudad intenta traerlos de otra forma. Con el metro, por ejemplo, ampliando su red y creando algunas paradas en pleno centro. Pero eso supondría mucho dinero. Demasiados millones a restar al salario de tanto compadre que han colocado en todas las Administraciones posibles, incluso trayéndolos de la península donde se habían quedado a la intemperie más absoluta, sin que nadie en el mundo privado acertase a valorar su desbordante talento. Y, para rematar, han reducido a la vez las líneas de autobuses que llegan al centro desde los barrios periféricos.

He leído recientemente que Rachida Dati, candidata a las elecciones a la Alcaldía de Paris que se van a celebrar próximamente, lleva en su programa electoral una propuesta para que los vehículos privados vuelvan a circular por el centro de su maravillosa ciudad. En declaraciones a este mismo periódico, la ex Ministra de Justicia de Nicolás Sarkozy, primera mujer de origen magrebí en ocupar un puesto en la alta Administración del país vecino, dijo que “París no puede ser 100% bici y nada de coches; así matas la ciudad”. Con las medidas restrictivas se ha comprobado que el núcleo de la capital francesa ha quedado deshumanizado, muchas veces desierto, casi espectral en ciertos días y a muchas horas. Resulta evidente que las ciudades necesitan sostenibilidad, pero -sobre todo- que necesitan imperiosamente a sus habitantes.

En todo este desatino se aprecia una clamorosa ausencia de capacidad de análisis y de planificación, unida a la habitual sobredosis de ideología, falso buenismo y cansino postureo. Lo esperado en la legendaria capacidad ejecutiva de esta gente. Tipos que no han sabido gestionar una cantina de pueblo con tres mesas manejan a su antojo los complejos entresijos de una vieja ciudad de medio millón de habitantes. Su anticuada y obsesiva lucha de clases la han trasladado ahora a una moderna batalla contra las terrazas, los empresarios, los mejores comercios, los vehículos privados. La excusa de estos incompetentes iluminados para muchas de sus precipitadas e irreflexivas actuaciones es que “hay que recuperar los espacios públicos de la ciudad para los ciudadanos”. En unos añitos bajo su inenarrable magisterio, aparte de recuperarnos todos nosotros de su calamitosa gestión, habrá que recuperar a los sufridos ciudadanos para su ciudad. Antes de que, además de sucia, la dejen desierta y arruinada.

Este artículo se publicó originalmente en El Mundo de Baleares