Por Gari Duran

Hace menos de una semana se conocía la expulsión de Izquierda Unida del Partido Feminista. La vieja guardia del feminismo, con Lidia Falcón a la cabeza era echada del paraíso rojo con la peor de las acusaciones: terfs (feministas radicales transexcluyentes) o el más castizo y contundente, transfóbicas.

Detrás de esa excomunión, el choque de trenes que tarde o temprano debía producirse entre el feminismo de toda la vida y la Ideología de género, una cuña de la misma madera que ha acabado siendo el verdadero caballo de Troya en la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres.

Paradojas de la vida, a pesar de provenir la mayoría de ellas del marxismo, es esa ideología en su acepción cultural milennial la que ahora las manda al Averno en el que habitan fascistas de todo pelaje, negacionistas y otras criaturas a combatir.

La memoria histórica del feminismo prefiere los mitos nacidos de su invención que las mujeres reales que deberían ocupar sus altares. Como los antifascistas de ahora que les niegan el carnet de demócratas a los que se opusieron a Franco –de verdad, cuando estaba vivo, no en modo virtual– y como medallas compradas en el Rastro, se prenden triángulos rojos para mostrar su compromiso con una lucha que sólo serían capaces de librar en Twitter.

En el caso del feminismo hablamos de un enfrentamiento generacional por un lado, y racional por el otro. Generacional porque mujeres (y hombres) a los que se les ha regalado la igualdad, fijada ni más ni menos que en la Constitución, prefieren construirse su propia épica –y sus propias batallas– antes que reconocer las de sus mayores.

Adanistas que vienen a negarnos que la libertad y las oportunidades de las que disfrutan, tienen unos autores. Por eso la mayoría están –estamos– hartas de que estas nuevas catequistas nos den lecciones, un día sí y otro también, de su verdad revelada, como si nos hubiésemos caído del siglo XIX con el mandil puesto y la ignorancia, también.

Pero también es un enfrentamiento que era inevitable si al sentido común se le opone la presión de un lobby y los preceptos de una ideología tan dogmática como la de género.

La primera cuestión que se le plantea el feminismo tradicional es obvia: si los géneros, la identidad sexual no dependen de la biología sino que son un constructo social variable. Si el que una persona sea mujer u hombre depende únicamente de cómo se siente. Si dentro del feminismo se incluye la defensa y el reconocimiento de la autodeterminación, el transgénero, el pansexual, los no binarios o el que tiene género fluido ¿a quién defienden las feministas de toda la vida? ¿De quién las defienden? Como dice Lidia Falcón, si esto así “el sujeto de la lucha, que es la mujer, desaparece. Entonces ¿para qué el feminismo”.

Pero por si no bastase este escollo, se plantean dos contradicciones con las que resulta muy difícil cabalgar: el nuevo feminismo no se opone a los vientres de alquiler ni tampoco a la prostitución. Ni la mercantilización de la mujer ni su explotación –implícitas en ambas prácticas– contradicen para ellas su discurso feminista.

Detrás de esa tremenda incoherencia –como ha denunciado el Partido Feminista–, el peso de algunos de los lobbies que cobija el colectivo LGTBQI+. Si una piensa en los vientres de alquiler es fácil llegar a la conclusión de que a quien más beneficia es a quienes por su sexo biológico o su orientación sexual, no pueden concebir. Por tanto, por mucho que tal práctica implique la probada mercantilización de mujeres –en su mayoría pobres– y de sus hijos, poco importa si con ello se satisface la demanda de quienes quieren ser padres a toda costa, y no porque tengan problemas de fertilidad.

En cuanto a la incomparecencia en el tema de la prostitución, parece ser que el motivo tiene que ver con que –según las declaraciones de algunos de sus portavoces– la mayoría de los transexuales no pueden dedicarse a otra cosa.

La lógica nos dice que sería bastante más conveniente trabajar por la normal inserción laboral de los transexuales, que condenarles a la explotación sexual y de paso a la marginalidad. Y que dar por sentado que no pueden desarrollar otra actividad, es el peor reconocimiento que se les puede hacer.

No encuentro la lógica a este nuevo feminismo. Debe ser cosa de la edad.

Este artículo se publicó originalmente en El Español