Por Gabriel Le Senne

El jueves pasado asistí a la conferencia de Román Piña sobre el trienio liberal en Mallorca, de cuyo comienzo se cumplirá este 10 de marzo el segundo centenario. El liberalismo de aquel entonces podríamos decir que aspiraba principalmente, en lucha contra el absolutismo, a la igualdad ante la ley -igualdad ‘formal’- pues, como sabrán, en el Antiguo Régimen ciertos estamentos gozaban de privilegios -etimológicamente, leyes privadas o particulares.

Hoy, sin embargo, la lucha ideológica se ha desplazado a la pugna entre liberalismo y socialismo. El socialismo defiende una igualdad ‘material’, es decir, ‘real y efectiva’: en riqueza, o, como está de moda últimamente, de ‘género’ (o sea, sexo).

El problema es que ambas igualdades, formal y material, ante la ley y efectiva, son incompatibles. Como ya vamos viendo, el socialismo -presente en todos los partidos en mayor o menor medida; hablo de ideologías, no de partidos concretos-, para tratar de alcanzar la igualdad material, tiene que erosionar la igualdad ante la ley: imponiendo cuotas en listas electorales y consejos de administración, estableciendo distintas penas según sexo del delincuente, gravando con distintos impuestos según la riqueza o actividad del contribuyente, etc.

El liberalismo considera iguales a todos los ciudadanos, intenta evitar la concentración de poder para protegernos de los inevitables abusos, y establece como objetivo principal del gobierno el garantizar un entorno seguro donde los ciudadanos puedan desarrollar pacíficamente sus proyectos vitales con el mayor respeto posible para sus derechos individuales: vida, libertad, propiedad.

Ello se consigue normalmente en una democracia -pese a sus defectos, no se ha hallado aún un sistema mejor- donde lo esencial no es sólo el derecho al voto, sino sobre todo el imperio de la ley y el respeto a las minorías, empezando por la menor minoría: el individuo. Por tanto, la mayoría no puede decidir cualquier cosa, sino que los derechos individuales sólo pueden ceder en caso de conflicto con otros derechos más importantes. Con estas premisas se construye el sistema predominante en Occidente: la democracia liberal.

El socialismo en cambio, persiguiendo la igualdad material -supuestamente, porque en la práctica siempre resulta una casta dirigente privilegiada-, infringe injustificadamente y acaba eliminando los derechos individuales, sometiéndolos a las supuestas necesidades colectivas. El socialismo del siglo XXI ha refinado su técnica, ocultando su naturaleza: va minando los verdaderos derechos individuales a base de inventarse nuevos derechos, absurdos, pero que vende con ayuda de su eficaz y omnipresente propaganda.

El caso es que la igualdad material es intrínsecamente injusta, pues el ser humano es desigual por naturaleza, afortunadamente. Son desiguales nuestros talentos y capacidades, nuestra conducta y esfuerzo y, como resultado, nuestra fortuna. Por ello cabría concebir el socialismo como una exageración viciosa del liberalismo: de la igualdad ante la ley, correcta, pasa a la igualdad material, injusta. Es cierto que la desigualdad puede tener a veces un origen injusto -por ejemplo, ¡en el caso de los jerarcas socialistas venezolanos!-, en cuyo caso habrá que corregirla, pero no puede generalizarse alegremente.

El socialismo apela a bajas pasiones personales: envidia contra los que tienen más, pereza ante el trabajo, miedo ante lo que pueda pasar en la vida. Frente a esto ofrece igualar a todos a la fuerza en una mediocridad segura y sin necesidad de esforzarse demasiado, y de ahí su éxito, pese a que el liberalismo ofrece la evidencia histórica de dos siglos de desarrollo espectacular de la humanidad, mientras que el socialismo sólo ha demostrado que conduce irremisiblemente al desastre más absoluto: tiranía, crimen, miseria y muerte.

Para comprender adecuadamente estas batallas ideológicas es esencial un cierto conocimiento histórico. Hoy jueves tendremos otra ocasión excepcional para continuar aprendiendo, de la mano de María Elvira Roca Barea, que vuelve a visitar las Academias de la mano de Sociedad Civil Balear para presentar su controvertido ensayo sobre las élites españolas, “Fracasología”.

Este artículo se publicó originalmente en Mallorcadiario.com