Por Gari Duran

Empieza la legislatura con olor a muerto. Ley de Eutanasia. Máxima prioridad.

Una pensaría que tras este largo periodo de onanismo partidista, lo urgente serían los vivos, su bienestar, su trabajo, su vivienda, sus estudios, su salud, esas cosas que a la gente normal importan.

No es la primera vez. Zapatero ya empezó lo suyo con la del aborto, siguió con la memoria histórica y lo intentó con la eutanasia. Cabe pensar en una pulsión irrefrenable de la izquierda española con la muerte, una insana delectación hacia lo que ellos llaman derechos y la gente de la calle, acabar con el que sobra o con el que se le hace sentir que sobra.

Nos han entretenido el entreacto con pactos inconfesables, delincuentes que atraviesan aeropuertos levitando, negociaciones en el cuarto oscuro, reverencias a presidentes que no lo son y en resumen, toda una operación de salvamento de los náufragos de la Moncloa por tierra, mar y aire. Todo para llegar a esto.

Pero nada es inocuo en unos partidos que quieren el poder para ejercerlo, que no dan cuentas a nadie, hacen oposición a la oposición, señalan al periodista o al medio que disiente y que tienen tanto que ocultar que ni las manos de todos los ministros, secretarios de Estado y directores generales –que son multitud–, les bastan.

En Alemania prohíben la eutanasia expresamente en su Constitución. Su experiencia con una práctica común, pública y generalizada durante el nazismo, utilizada a destajo para enfermedades físicas o psíquicas, vejez o malformaciones, les curó de ese tipo de falsa compasión. Incluso como el tiempo no pasa en vano y hay que adaptarse a los nuevos tiempos, en 2015 el Bundestag prohibió, con pena de tres años, la asistencia “organizada” al suicidio en una ley defendida por una diputada socialdemócrata y por uno conservador (pásmense).

Será la experiencia o quizás la simple cercanía a Bélgica y Holanda, donde la eutanasia no sólo es legal sino una amenaza real para quienes están en el grupo de los que podrían ser tentados con la idea de morirse –o de morirlos– antes de tiempo. La cuestión es que, a la izquierda y a la derecha, consideraron que la oferta de la eutanasia precipita al suicidio a personas que en otras condiciones no se decantarían por esa vía o que debidamente tratadas cabría que superasen la depresión, la enfermedad o lo que fuera. Porque nada te quita más las ganas de vivir, que estar entre los que –según la ley lo establece– tienen motivos para no seguir viviendo.

En Portugal se debatieron en mayo de 2018 cuatro propuestas legislativas de varios partidos de izquierda para legalizar la eutanasia. Curiosamente, esas propuestas no salieron adelante por la inesperada oposición del Partido Comunista Portugués a la eutanasia (pásmense de nuevo).

El diputado comunista António Filipe no lo pudo decir más claro: “Ante el sufrimiento humano, la solución no es despojar a la sociedad de la responsabilidad promoviendo la muerte prematura sino garantizar las condiciones para una vida digna”. Eso sí es progresismo.

Porque una vida digna implica que no haya nadie que pueda creer que sobra, que sea o se sienta vulnerable sin que haya quien le atienda y le haga la vida más llevadera. Llegar a la vejez sin considerarte un estorbo, decorosamente, sin que el Estado te diga –y le diga a tu familia– que tus años te hacen acreedor de morir antes de tiempo, en lugar de que ese mismo Estado te facilite las cosas para tener –cuando toque– una muerte digna, porque te la mereces.

Dice la proposición de ley socialista de regulación de la eutanasia, que la muerte por suicidio asistido, “tendrá la consideración de muerte natural”. El tema es demasiado grave para frivolizar con él, pero no me digan que esta izquierda no es maestra en negar la realidad retorciendo la semántica.

La siguiente prioridad, la reforma del Código Penal, en la que la sedición y la rebelión quedarán en inocente chiquillada.

Pero de paso, por si a alguien se le ocurre protestar, en esa misma reforma incluirán el comodín de Franco, al parecer mucho más vivo que esos a quienes este Gobierno ha decidido que –por su bien– mejor que estén muertos.

Este artículo se publicó originalmente en El Español