Por Gabriel Le Senne

Mis 92 primaveras ya se van notando, a pesar de lo que ha avanzado la medicina. Para quien pueda pagarla, claro. Recuerdo cuando la sanidad era gratuita y las pensiones públicas más o menos daban para vivir. Cuando se respetaba a los mayores. Cuando se les ayudaba, se les cedía el paso… Eso se acabó hace tiempo. El envejecimiento y la falta de niños hicieron imposible seguir pagando lo que llamaban el ‘Estado del Bienestar’.

Decían que los inmigrantes suplirían a los nativos, pero económicamente no es lo mismo un africano sin estudios ni hablar nuestra/s lengua/s que un español integrado con estudios, sin desmerecer a los africanos, por supuesto, que son seres humanos sin importar la tonalidad más o menos intensa de su piel. Pero supusieron más gastos que ingresos. El caso es que hasta los inmigrantes comenzaron a irse cuando la disminución de la población detuvo nuestro crecimiento económico. Hoy nuestros pocos jóvenes se van marchando hacia África o Asia.

Total, que los nanorrobots y la manutención hay que pagárselos del propio bolsillo, y muchos no pueden. En los hospitales y farmacias ofrecen gratis la famosa pastilla de la ‘muerte digna’. Y hay rumores de que cuando uno ya tiene cierta edad, lo despachan de forma expeditiva. Muchos prefieren resistir en casa contra viento y marea antes que pisar un hospital.

Todo comenzó como el ‘derecho a una muerte digna’, lo recuerdo muy bien. Nos lo vendieron como solución al sufrimiento, que a sus ojos hacía a la gente indigna. Yo siempre pensé que la dignidad era intrínseca a todo ser humano, pero ya ven. Nos convencieron de que los tetrapléjicos, los enfermos de ELA, cáncer o Alzheimer eran indignos. Había vidas indignas.

También era una cuestión de libertad. Derecho a disponer de nuestra propia vida. Es nuestra, y podemos ponerle fin a voluntad. Pero la ‘libertad para morir’ que nos vendieron, está terminando con la libertad para vivir.

Primero fueron los enfermos terminales, casos totalmente excepcionales, se suponía, con todas las garantías legales. Luego fueron entrando los enfermos crónicos, los enfermos mentales, los ancianos simplemente cansados de vivir… Su uso se generalizó, hasta que quienes rechazamos la dichosa pastilla somos mirados con extrañeza, cuando no tratados con abierta hostilidad.

Algunos años después de la aprobación de la “Ley de Muerte Digna”, comenzaron a sugerir que si queríamos prolongar “irracionalmente” nuestra vida, debíamos hacernos cargo de nuestros gastos. Porque lo razonable, alcanzada una edad provecta, o antes, si la salud no acompañaba, era tomar la pastilla. Por generosidad, por amor a los demás: por no ser una carga, ni un coste exagerado para las arcas públicas.

Así que el siguiente paso, unas décadas después, fue la ley que nos dejó a partir de 90 años sin la ya escasa pensión, sin ayudas para los medicamentos ni tratamientos médicos. “Quien sea tan egoísta, al menos que se lo pague”, dijeron. “El Estado no debe sufragar los gastos de los pocos fanáticos que aún insisten en morir de la bárbara forma tradicional”.

Ahora ya se empieza a oír a quienes proponen obligar abiertamente a tomar la pastilla a los 100. Ya me conozco el truco; primero a los 100, luego a los 95, e irán bajando poco a poco. Es la táctica de la ‘cuña’ o ‘pendiente deslizante’ de la que algunos ya advertimos desde el comienzo.

De todos modos, lo que peor se lleva es la presión social e incluso familiar:
– “Papá, si todo el mundo lo hace”, me dijo ayer mi hijo Gabriel.
– “No plooris”, me animó Toni, quitándole hierro con su broma característica, que usa desde los 7.

La verdad es que a los pobres les estoy dejando sin blanca, además del esfuerzo que les supone venir a comprobar que los robots de la residencia me atienden correctamente. Y encima la mitad se les va a ir en el Impuesto de Sucesiones. Eso sólo ha cambiado para incrementarse.

Destruir la libertad en nombre de la libertad, como dice Kuby; eso es lo que hemos hecho.

Este artículo se publicó originalmente en Mallorcadiario.com