Por Álvaro Delgado

Todos los estudiosos de la teoría política, desde Platón, Aristóteles, Cicerón o Santo Tomás de Aquino hasta los más modernos o contemporáneos, han considerado que el desempeño de una actividad política tiene siempre un condicionante moral, y debe responder a una vocación de servicio público y de atención al interés general. Ningún tratadista ha defendido nunca lo contrario, ni siquiera los que -como Maquiavelo– sostuvieron la conveniencia de un pragmatismo utilitarista en la actuación de los gobernantes. Hasta para el conocido autor florentino, considerado el padre de la ciencia política moderna, cualquier actuación del “Príncipe” -incluso no decir la verdad- debía estar motivada siempre por un interés superior.

Pues bien, el elemento diferencial que caracteriza a nuestro Presidente del Gobierno actual, en relación con todos sus predecesores, es ser el primer político español que disfruta de ese cargo sin haber demostrado ningún reparo ético. Su ambiciosa y egocéntrica personalidad no conoce límites que le puedan apartar de la ocupación física del poder, el cual ejerce además con embustes continuados y toda la ostentación posible (de ahí su enfermiza obsesión por volar en aviones o helicópteros oficiales, viajar a todos los foros internacionales en lugar del Rey, u ocupar todas las propiedades a su disposición). Su fin personal justifica cualquier medio, y no hay línea roja que no esté dispuesto a cruzar. Nadie ha sido antes tan mentiroso y narcisista como él.

La verdad es que, hoy en día, elegimos a candidatos que hace años nunca se hubieran atrevido a (o en sus partidos no les hubieran dejado) presentarse a las elecciones. Como ha escrito ingeniosamente Jiménez Losantos, “los procesos electorales, en el pasapuré de la televisión y las redes sociales, se parecen hoy más a las votaciones para echar a un concursante de la casa de Gran Hermano que a un debate sobre modelos de sociedad o formas de gobernar”. Sánchez, regodeándose en su habitual autocomplacencia, puede pensar que el haber conseguido el principal objetivo de su vida, que era ser investido Presidente a toda costa, legitima socialmente su figura y su errático comportamiento. Tal vez para sus intereses familiares o su fortuna personal sea efectivamente así. Pero no para su imagen pública. Porque eso sería pensar que todo el mundo tiene el listón del relativismo moral a la altura de las alfombras de La Moncloa. En la ética colectiva del pueblo español -que, aunque relajada interesadamente por ciertos medios y educadores, aún sigue afortunadamente existiendo- y también en los centros de poder de las más importantes instituciones internacionales, sus mentiras y falta de moralidad van dejando huella, y acabarán pasándole una onerosa factura. A su debido tiempo. Pese a que, en el corto plazo, spin doctors y medios afines consigan un efectivo control de daños.

A la gente normal, y también a las instituciones serias, la ausencia absoluta de escrúpulos les puede causar un asombro momentáneo o un deslumbramiento fugaz. Pero, pasada la primera impresión, suele quedar un regusto de desconfianza, desprecio e incluso rechazo. Y eso le va a suceder -ya hay jugosas manifestaciones de algún líder regional del PSOE- incluso en el esclerotizado ámbito de su propio partido, cuya supervivencia como tal está poniendo en enorme riesgo. Aunque un yonkie del poder como Sánchez nunca lo quiera ver, siempre chapoteando en el turbio charco del corto plazo. Aun así, el día en que se desangre aflorarán puñales, como en la Roma de Bruto y de Julio César.

El listado de sus actuaciones carentes de ética es sobradamente conocido. Les recuerdo que plagió en un 21% su tesis doctoral, ha mentido en todas las campañas electorales, fue sancionado por la Junta Electoral por hacer campaña desde Moncloa, pacta gobiernos con los proetarras de Bildu y con los partidos separatistas, pretende cambiar el Código penal a conveniencia de nueve condenados por el Tribunal Supremo para no asumir el coste político de indultarles, ha votado en el Parlamento Europeo contra la investigación de los crímenes pendientes de ETA, ha nombrado Fiscal General sin solución de continuidad a su Ministra de Justicia, coloca impunemente en las instituciones del Estado a cónyuges o parejas de sus colaboradores contra todas las normas que rigen el buen gobierno corporativo, visitó la embajada de México en Bolivia con los GEO para fines inconfesables, el antiguo embajador de Zapatero en Caracas recibió 35 millones de euros del régimen bolivariano con un destino desconocido, y su mano derecha Ábalos se ha reunido de madrugada en el aeropuerto de Barajas -con un objetivo no aclarado- con la Vicepresidenta de un dictador que tiene prohibido pisar la Unión Europea por violación de derechos humanos.

La concatenación de fenómenos extraños relacionados con la financiación de Podemos, e incluso del propio PSOE, por parte de narcodictaduras sudamericanas resulta extremadamente preocupante. Hasta la Fiscalía de Bolivia ha iniciado una investigación, citando a Zapatero, Monedero e Iglesias. Ello genera tensión en el actual Gobierno (las siete versiones del encuentro de Ábalos con Delcy Rodríguez fueron apoteósicas) pero también hace arquear las cejas en Washington y Bruselas, que desconfían de la actuación de un Presidente que -aunque vendiera en Davos lo contrario- sólo denota cortoplacismo, ambición desmedida y despreocupación por el interés general.

Aquí todo queda supeditado a su supervivencia política. Pero lo que Sánchez ignora, e incluso desprecia, es que existe una dimensión ética en todo ser humano -que él no incorpora de fábrica- a la que ninguno de sus ciudadanos, pese a haberle votado alguna vez, puede en el fondo sustraerse. Aunque él, montado en el Falcon, con las Ray Ban caladas, se engañe a sí mismo pensando que los oropeles del poder camuflan sus carencias éticas y le convierten en un gran estadista. Porque ya dijo Churchill que “un político se convierte en estadista cuando empieza a pensar en las próximas generaciones y no sólo en las siguientes elecciones”. Y el tipo que nos gobierna, a las siguientes generaciones -menos a Begoña y a las niñas- les va a dejar una España como un trapo.

Este artículo se publicó originalmente en El Mundo de Baleares