Por Álvaro Delgado Truyols

El filósofo alemán Ludwig Feuerbach, discípulo de Hegel y maestro de Marx y Engels, padre de la doctrina que vino a denominarse materialismo crítico, pronosticó en su obra “La esencia del cristianismo” -publicada en 1841- el ocaso de todas las religiones existentes en la humanidad. Sostenía que las ideas religiosas eran una característica específica del propio ser humano y que la religión era sólo una parte de la antropología, el simple reflejo de la esencia humana en sí misma. Por ello consideraba que las religiones tradicionales se extinguirían en el futuro, ya que su fundamento verdadero no era espiritual, sino que estaban compuestas por la sublimación de las sensaciones, ideas o emociones más arraigadas o profundas de todo ser humano, sin ninguna intervención metafísica,​ o del más allá.

Desconozco si las predicciones del filósofo materialista alemán en cuanto a las religiones tradicionales serán finalmente proféticas. Pero lo que sí resulta cierto es que su peculiar concepción de la “religión” como la sublimación de las emociones más profundas del género humano nos sirve hoy para comentar otro fenómeno muy en boga en las sociedades modernas. Que no es otro que la sustitución en la conciencia popular de las creencias religiosas tradicionales por un cúmulo de religiones laicas, que están cobrando gran arraigo en los sentimientos de las personas, causan caudales de emociones incontenibles y son interesadamente estimuladas por medios de comunicación, redes sociales y poderosos magnates de influencia mundial.

Hoy estamos sustituyendo los mitos y ritos cristianos que nos acompañaron desde nuestra infancia por otros mitos y ritos paganos que causan parecidas conmociones e impactan a grandes grupos sociales. De la misma forma que muchas ideologías clásicas han evolucionado para hacerse cada vez más agresivas y excluyentes, generando sociedades más crispadas, frentistas y cargadas de odio como la que hoy padecemos (curiosamente cuando más confortablemente vive la humanidad en toda su historia), las viejas religiones se han ido relevando por modernas doctrinas que combinan lo ideológico y lo sentimental -emanadas todas de lo políticamente correcto- las cuales, al estilo de los inquisidores del pasado, “lapidan” o “condenan a la hoguera” a quienes no “comulguen” con ellas.

Y así constatamos como muchas carencias emocionales de gente acomodada se rellenan hoy con el nacionalismo excluyente, la ideología de género, el ecologismo radical, el indigenismo, el animalismo o la nueva pedagogía escolar. En todas estas corrientes, y en otras que también están de moda, encontramos varios rasgos comunes: un fervor casi religioso de sus defensores, que implica que cualquier opinión discrepante -por fundamentada que pueda estar- roza prácticamente la “herejía”; por ello resulta muy difícil discutir -aun con datos científicos o estadísticos contrastados en la mano- con cualquier hooligan del separatismo, del feminismo radical, del cataclismo climático atribuible a la economía capitalista, de la leyenda negra de los conquistadores españoles, de la protección absoluta de cualquier especie animal al mismo nivel que los humanos, o de la proscripción de la memoria, el esfuerzo y el mérito en la educación de nuestros hijos. Rebatir públicamente sus tesis resulta inútil. Su ardorosa defensa ha construido una nueva clase de modernos clérigos integristas (por algo el nacionalismo está infestado de religiosos). Aunque luego se descubra que comen carne cruda, viajan en jet privado, maltratan a los inmigrantes, manejan los vehículos más contaminantes o envían a sus hijos a escuelas privadas.

Otro rasgo común a todas esas doctrinas es su rechazo a los términos medios. O eres fiel devoto o serás condenado públicamente. Ninguna de ellas -tal como están planteadas- admite el equilibrio, la combinación de la situación antigua y la actual, la moderación, el estudio pausado, el sentido común, la sana discrepancia. Todas pretenden sustituir una tiranía antigua por otra nueva, probablemente más estricta e injusta que la anterior, porque se da en circunstancias muy diferentes y voluntariamente buscadas. Como si el leit motiv de todo ello fuera consumar una venganza histórica, o saldar -de una vez para siempre- una gran cuenta pendiente. Antes te tocaba a ti y ahora me toca a mí.

Otra de esas nuevas religiones es el movimiento okupa, que combate el “inhumano e insolidario” derecho a la propiedad privada, pretendiendo que los inmuebles que la gente ha ganado trabajando, y pagando por ellos sus correspondientes impuestos, sean puestos a disposición gratuita de quienes en su vida han dado un palo al agua. Y últimamente -a ver quién da más- se está poniendo de moda el satanismo, una especie de moderno anarquismo con ribetes esotéricos y de culto al maligno, que acaba de ser objeto de un seminario -con validez académica- en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid.

Todas esas creencias suelen combinarse con un peculiar uso del lenguaje que supone una moderna y contundente inquisición para los usuarios tradicionales de cualquier idioma. Como en las viejas religiones históricas. E implica la obligación de utilizar una neolengua -imprescindible para quien quiera sentirse públicamente aceptado- con palabras como heteropatriarcado, empoderamiento, racializar, derecho a decidir, okupación, negacionista, calentamiento global, autoevaluación, interculturalidad y muchas otras, las cuales parecen prestigiar a quien las usa bastante más que su propio comportamiento vital, y condenan al ostracismo civil a quien las desconoce o menosprecia. Como en la política actual -que impregna todos esos movimientos, de los que se ha apropiado la izquierda- lo importante es manipular el lenguaje, no tanto si luego maltratas a tu perro, amenazas a tu pareja o contaminas la naturaleza que te rodea.

El resultado final es que cualquier persona seria, formada, concienciada ante graves problemas de la humanidad como el clima, la igualdad, la inmigración, la educación o la vivienda, pero que no se deja influir por modas o expresiones efímeras se siente un completo pagano. La información veraz, el rigor y el contraste ceden ante el imperio de las emociones, los desahogos, las mentiras y la estupidez. Cuyo objetivo no es otro que moldearnos a todos mediante una siniestra ingeniería social financiada -para pescar en ese río tan revuelto- por algunos yonkies del poder.

Este artículo se publicó originalmente en El Mundo de Baleares