Por Gari Duran

Ocurrió con el Prestige. “Nunca mais” se convirtió en el conjuro con el que invocar la mala gestión de una catástrofe medioambiental protagonizada por el PP sin necesidad de nombrarla ni dar más explicaciones. No importaba que durante el mandato socialista hubiese ocurrido un desastre aún mayor –el del Mar Egeo– cuyo vertido fue precisamente por la pésima gestión del suceso, bastante mayor que el del Prestige.

Tampoco importó que un año después, de nuevo con gobierno socialista, se produjese otra catástrofe medioambiental todavía peor –el incendio de Guadalajara– con 11 personas fallecidas y cuyos efectos –como quedó acreditado– se podían haber evitado si el gobierno socialista de Castilla-La Mancha hubiese actuado con la celeridad y la coordinación debida.

Ha pasado también con la Gürtel. Da igual que el mayor caso de corrupción sea a día de hoy el de los ERE o que el latrocinio en la Cataluña convergente sólo esté por debajo del alcanzado por el régimen socialista andaluz. Qué más da. El icono con el que representar la corrupción siempre será la Gürtel como el Prestige lo será de la ineptitud ante un desastre medioambiental.

Se trata pues de crear una imagen poderosa cuya mera invocación justifique apartar a la derecha del Gobierno o aplicar un cortafuego para que no acceda a él. Pero ahora también lo es para que la izquierda se fabrique una coartada con la que explicar la voladura del régimen del 78.

Aunque el recurso ya había sido utilizado en las elecciones del 28 de abril y se insinuó como argumento en la noche electoral del 10-N, el lunes pasado se construyó definitivamente la imagen del fascismo y machismo de Vox –el alcatraz cubierto de chapapote, Correa asistiendo a la boda de la hija de Aznar– que ha de servir de baremo con el que medir el pedigrí democrático de cualquier partido y lo más importante, crear el pretexto con el que blanquear cualquier pacto con quien y a costa de lo que sea.

Una mujer discapacitada, inmigrante, víctima de violencia de género increpando casi entre lágrimas al portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Madrid en el acto conmemorativo del Día de la Violencia contra la Mujer ¿Cabe imagen más poderosa?

No importa la sospecha de que se tratase de una actuación cualquier cosa menos espontánea, o las circunstancias en que se produjo la agresión que dejó a la mujer –Nadia Otmani– en una silla de ruedas, ni que no sea una víctima de violencia de género o que mintiese al afirmar que “no había cobrado un duro del Gobierno” porque si personalmente no lo hizo, sí, como presidenta de la asociación de mujeres marroquíes Al Amal. Todo eso es lo de menos ante la imagen del nuevo enemigo del pueblo –Javier Ortega Smith, de Vox– impertérrito ante el dolor y la indignación del también nuevo ícono de la lucha feminista.

Del delirante “convocamos estas elecciones para frenar a la ultraderecha” del socialista Ábalos, a las manifestaciones de Oskar Matute de EH Bildu reivindicándose como interlocutor de pleno derecho para la investidura de Sánchez preciándose precisamente del carácter antifascista de su partido, mientras habla de las “violencias” –que no violencia etarra–, sólo han transcurrido quince días. Dos semanas en las cuales lo que parecía imposible ha dejado de serlo y todo aquello –las instituciones, el modelo territorial, los últimos vestigios de la separación de poderes– se van yendo por el sumidero.

Ya en 2013 el PSOE, en el Pacto de Granada, dejó constancia escrita de que el modelo autonómico estaba agotado y que la única vía era el federalismo. Cuatro años después, en el Pacto de Barcelona, suscrito entre el Comité Ejecutivo federal del PSOE y el del PSC, se avanzó hacia el concepto de la “España plurinacional”.

Este es el partido que va a sentarse a negociar con quien ha convertido en cotidiano el golpe de Estado, quien exige una negociación bilateral –de gobierno a gobierno– que incluya la amnistía de los políticos presos y el referéndum de autodeterminación y cuyo máximo interlocutor está en la cárcel. Y lo hará de la mano de un partido de ultraizquierda –Podemos– abiertamente contrario al régimen del 78 y partidario de dar satisfacción a las demandas de los secesionistas. Pero podemos estar tranquilos –dicen– porque todo se hará dentro de la legalidad.

Y mientras tanto, en el País Vasco, los otros socios necesarios para el PSOE elaboran un nuevo estatuto en el que se deja sin competencias al Estado, se blinda la autodeterminación y se distingue entre ciudadanos corrientes y “nacionales vascos”.

Pero todas esas amenazas –difusas para la mayoría de la gente– no son nada comparadas con el riesgo que supone Vox cuyos pecados son poner en duda las bondades del sistema autonómico y promover, frente a una ley de violencia exclusivamente contra la mujer en un contexto de pareja heterosexual, una que contemple la intrafamiliar sea cual sea el ámbito –y este es su mayor anatema–, que el dinero destinado a la violencia contra la mujer se dedique exclusivamente a protegerla.

Los matices se pierden entre el griterío y el eslogan. Lo sabe bien quien construye los relatos, las imágenes y da nombre a las cosas.

España se va al garete pero no importa, porque está en manos de partidos acrisoladamente antifascistas.

Este artículo se publicó originalmente en El Español