Por Gabriel Le Senne

Desde que soy niño siempre me ha dado la impresión de que mandan más las mujeres. A mí desde luego me manda mi mujer, como dice ese chiste:

– ¿Tú haces todo lo que te manda tu mujer?

– Qué va…

– ¡Qué valiente!

– ¡No, es que no me da tiempo a hacer todo!

Bromas aparte, en España la igualdad ante la ley está consagrada en la Constitución. Es cierto que esa igualdad es un fenómeno relativamente reciente. Como la abolición de la esclavitud, es producto de la civilización occidental. Diría incluso que deriva de la progresiva asimilación de los valores cristianos a través de los siglos, aunque sé que alguno lo discutirá. Para el cristianismo, todo ser humano es hijo de Dios, hecho a su imagen y semejanza, y por ello titular de una dignidad personal intrínseca que el Estado debe reconocer.

Sin embargo, asistimos a un bombardeo masivo por el que cualquiera diría que las mujeres están terriblemente oprimidas en España, y que su defensa debe ser una de nuestras máximas prioridades. Hasta se ha publicado este lunes un artículo en El País titulado “La heterosexualidad es peligrosa”. Igual nos estamos pasando un poco de frenada.

Por supuesto, uno está en contra de toda violencia. Pero para combatirla, no pueden dictarse normas injustas, erosionando principios jurídicos fundamentales como la presunción de inocencia -basta una denuncia y te vas al calabozo, además de que la mujer recibe inmediatamente una serie de ventajas como uso de la vivienda familiar, custodia de los hijos, ayudas económicas, etc., de las que pueden abusar mujeres sin escrúpulos- o la igualdad ante la ley -juzgados especiales de “violencia contra la mujer” y penas distintas según el sexo.

El resultado de estas políticas es la destrucción del matrimonio y la familia, con el consiguiente descenso de la natalidad. Entre otros factores, claro, y otros resultados, como la colocación de activistas paniaguadas. Si le han disgustado las redes clientelares de los EREs, piense que nos salen mucho más caras todavía las redes que se van construyendo legalmente año a año. Es célebre el video de Íñigo Errejón explicando la necesidad de crear “instituciones de resistencia” para dejar colocados militantes por si gobierna el adversario. Está todo teorizado.

El mal suele disfrazarse de bien, y con la excusa biensonante de combatir la violencia contra las mujeres, y mediante el dominio aplastante de los medios de comunicación, nos colocan esta mercancía averiada. Pero algunos aún no hemos perdido el olfato para detectar la ingeniería social, ni estamos atados a unas siglas como para no tomar medidas ante la traición a los principios de sus votantes (lo más terrible del asunto es cómo partidos y medios antes combativos se han plegado a esta ideología).

Otra excusa semejante es la del ecologismo radical. Ya viene Greta con sus subvenciones, surcando los mares. Al final, todo son estrategias para dividir, agitar, e ir incrementando el control sobre la sociedad, especialmente mediante la educación, sector capital que ya está prácticamente tomado. Ya llega también la asignatura obligatoria de “feminismo e igualdad”, a la que se une la “educación afectivo-sexual” y el omnipresente ecologismo. Al final el adoctrinamiento nacionalista casi va a ser lo de menos. Bromeo por no llorar, pero de qué sirve España si se cargan la familia, despueblan el país e imponen un régimen opresor. Va todo junto.

Permítanme proponer mi remedio para esta disputa -sirve para todas. Hombre y mujer somos distintos y complementarios. Iguales ante la ley, por supuesto, pero no iguales materialmente, porque cada sexo tiene sus particularidades, además de las individuales, porque afortunadamente no hay dos personas iguales, del sexo o género que quieran. No tiene sentido plantear el matrimonio como una negociación, o una comparación constante. Lo que hacemos, o deberíamos hacer, los cristianos es poner a Cristo en el centro de la familia. Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, no digamos a tu mujer o marido, que para eso sois los dos una sola carne. El cristiano se entrega en el matrimonio en cuerpo y alma, completamente, y se olvida de sí mismo, o al menos lo intenta, porque la felicidad del otro es la propia. Y con la ayuda de Dios, se consigue. Y el egoísmo se disipa como la niebla al calor del sol, y ya no hay patriarcado ni matriarcado que valga.

Este artículo se publicó originalmente en Mallorcadiario.com