Por Román Piña Homs

Este pudo ser el grito de Ricardo III, el monarca ambicioso e imprudente, que viendo concluir la batalla clamaba: «¡Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo!», creyendo que un nuevo rocín le salvaría de la derrota. Quizás la frase no se pronunció nunca. Quizás solo fue producto de la imaginación de William Shakespeare, pero en cualquier caso ha quedado como reflexión en el baúl de nuestra cultura occidental.

La frasecita retrata a día de hoy la fragilidad de nuestros líderes, que no piden caballos, pero sí elecciones y pactos contra natura y a la desesperada. Todo tiene su origen. En mis tiempos de infancia, incluso el pan costaba mucho. «La letra con sangre entra», se nos decía. Hacerse un hombre, llegar al discernimiento, era tarea que sabíamos necesaria pero de difícil escalada. La civilización occidental había recobrado la paz tras la segunda guerra mundial, en España se nos había puesto a trabajar para sacar adelante al país, pero con el boom económico pronto llegarían los nuevos mitos, como la liberación sexual, la escuela sin muros, la deseducación obligatoria. Mi generación descubría nuevas formas de acometer escaladas sin necesidad de la ley del esfuerzo, olvidando que cuantas estupideces cometemos pasan factura.

Hoy la factura está a la vista. Pagamos las consecuencias de tanto papanatismo. Los niños crecieron, pero no implica que se hicieran personitas con preparación para asumir los grandes retos de la vida. Ricardo III se olvidó de preparar como toca su cabalgadura para la batalla. Políticos sin escrúpulos y preparación alguna, con doctorados y masters prefabricados, asumen desde el fraude y la mentira las grandes responsabilidades de la vida pública. También siembran vacuidad no pocos profesores improvisados y clérigos convertidos en «agentes de pastoral», mejor autodefinición imposible. La mayoría no son robots. Son marionetas al dictado del progresismo dominante y enterradores del que llaman oscurantismo del pasado. Así las cosas, y centrados en el escenario del poder, nos quejamos de la insensatez de un Pedro Sánchez, del manicomio nacionalista de Quim Torra o, a nivel local, de un Biel Company, que un día me dijo que quería dedicarse a la política porque le gustaba. ¡No se ha enterado de nada!, pensé de inmediato. Asombra la galería de retratos que ofrece nuestra clase política. Daría para todo un manual del esperpento, con pocos ejemplares a salvar. Y sucede que los personajes explotan. Se descabalgan. Piden un caballo, pero ya no hay tiempo. Otras veces los descabalgan sus competidores al acecho, caso del ilustrado honrado Xavier Pericay. Y los necios descabalgados, sin capacidad alguna de autocrítica, arremeten contra lo que queda de sensatez en este país. ¿Y el reino? El reino al garete. Que lo salven las momias.

Este artículo se publicó originalmente en El Mundo de Baleares