Por Álvaro Delgado Truyols

Como buen aficionado al fútbol, siempre me llamó la atención esta peculiar historia: El brasileño Carlos Henrique Raposo -conocido como Carlos Kaiser por su parecido físico con el mítico Franz Beckenbauer- fue un futbolista que, durante casi dos décadas, militó en la plantilla de varios importantes clubes de Brasil (Botafogo, Flamengo, Vasco da Gama, Fluminense, Bangú) y otros del extranjero (Puebla de México, Ajaccio de Córcega, El Paso Patriots o América FC), sin haber llegado a disputar nunca ni un solo partido completo. Se trataba de un absoluto farsante al que su amistad con varios jugadores famosos de su país, como Carlos Alberto, Ricardo Rocha o Renato Gaúcho, le permitió ir fichando de un equipo a otro jugando sólo escasos minutos. De hecho, el día en que, por acumulación de lesiones de varios compañeros, su entrenador en Bangú le dijo que saldría de titular, inició antes del partido una discusión con un aficionado rival para resultar expulsado por el árbitro y así no ser descubierto. Su historia es tan llamativa que fue entrevistado en España en el año 2016 para la Cadena SER por Michael Robinson, quien tituló la entrevista: El mayor caradura de la historia del deporte. El propio Kaiser declaró en su día, con la mayor naturalidad, que «los Clubes han engañado y engañan mucho a los futbolistas. Alguno tenía que vengarse por todos ellos».

Trasladando la historia de Kaiser al terreno político, nos encontramos en España con el sujeto más mentiroso y con menos escrúpulos que ha generado nunca la política nacional a punto de hacerse cargo de su gobierno progresista. Ese que hará progresar a sus integrantes mientras arruina a todos los demás. Un tipo que lleva años engañando a todo el mundo: a quienes le doctoraron, a quienes le nombraron secretario general, a los barones de su partido, a los empresarios de Wall Street en su reciente viaje a Nueva York, y ahora a muchos de sus electores, a quienes vendió su piel más moderada diciendo que «no dormiría por las noches, como el 95% de los españoles, con Unidas Podemos en el Gobierno», cosa que ha acordado en sólo 24 horas con un documento de folio y medio. Ese mismo elemento ególatra y narcisista que lleva 18 meses durmiendo en el colchón de La Moncloa con el único balance gestor de haber subido el SMI y desenterrado a Franco, y haciendo un uso abusivo de las prerrogativas de su cargo (Decretos-leyes, vuelos en Falcon, vacaciones en Lanzarote, Doñana o Quintos de Mora, viajes con su esposa a los mejores foros internacionales). Todo para hacerse propaganda y vivir de los españoles el tiempo que pueda, sin que nadie sepa cómo va a gobernar con semejantes aliados parlamentarios, la mayoría de los cuales sólo aspira a descuartizar España. Aliados a quienes -sin duda- intentará también engañar. Un personaje al que la hemeroteca destroza más que a ningún otro, porque es capaz de decir una cosa y su contraria en un lapso temporal de auténtico récord mundial. Un fenómeno que maniobró política y judicialmente para echar a Rajoy por la corruptela de unos alcaldes del PP de 200.000 euros, pero que no pestañea cuando le condenan a dos ex presidentes del PSOE por un fraude de 700 millones de euros. Y es que la corrupción de la izquierda es diferente. Huele a rosas.

En su conocido opúsculo llamado El arte de la mentira política, el escritor satírico irlandés Jonathan Swift (autor de Los viajes de Gulliver) ya estudió en el siglo XVIII esa práctica común en los mandatarios de todas las épocas, justificando en cierta medida las mentiras de algunos gobernantes cuando se encaminaban indiscutiblemente al bien común. O lo que Swift llamaba las «falsedades saludables». En su interesante obra, distinguía tres tipos de mentiras políticas: la mentira calumniosa, que disminuye los méritos de un hombre público; la mentira por aumento, que los infla; y la mentira por traslación, que los traslada de un personaje a otro. En todos estos casos, según el autor irlandés, debía imperar una irrenunciable regla de oro: la verosimilitud. En definitiva, consideraba que el arte del engaño político nunca debía regirse por los excesos, sino que se trataba de un arte sabio, del justo medio, de una sutil técnica de la medida. El engaño debía siempre mantener su proporción frente a la verdad, ante las circunstancias y respecto a los fines pretendidos. Por eso Swift daba al mentiroso político varios consejos: sustraer las mentiras a cualquier posible verificación o refutación, no superar nunca los límites de lo verosímil, y diversificar las «falsedades saludables». El problema del Dr. Sánchez, nuestro engreído maniquí nacional, es que no cumple ninguno de los requisitos del «buen» mentiroso político, y que sus reiteradas y retransmitidas mentiras carecen de cualquier verosimilitud, y se encaminan sin discusión -y aquí casi todos coincidirán- exclusivamente al bien propio.

En resumen, queridos lectores, parece que vamos a tener como presidente del Gobierno a un mentiroso compulsivo, que representa al mandato de su gurú Iván Redondo el papel que cada día haga falta según dicte la demoscopia, y que ninguno sabemos -ni siquiera él mismo- a dónde nos va a llevar. Reflexionen bien sobre todo ello. No es que las alternativas fueran para tirar cohetes, pero todos los demás le ganan -al menos- en autenticidad. Mi único consuelo, vista la pulsión suicida del pueblo español -que suele hacer más uso de las televisiones y las emociones que de las neuronas- es la esperanza de que, al ir quemando los plazos de todo lo que acomete más rápido que cualquier otro -hasta los de hacer el ridículo- su tiempo en el poder sea también efímero. Por el bien de España. Cosa que no creo que le importe demasiado. Ya dijo de él Susana Díaz, hace unos cuantos años, que «Sánchez es un chico que no vale, pero nos vale». Ahora sólo se vale a sí mismo. Prepárense para vivir emociones fuertes. Y disfruten del Kaiser.

Este artículo se publicó originalmente en El Mundo de Baleares